Hay días como hoy en los que el mundo se siente demasiado grande, demasiado complejo, demasiado inmenso.
Hablo de este mundo simbólico en el que todos estamos atrapados y al que, de una u otra forma, nos vemos obligados a subordinar nuestra existencia.
Un mundo que exige ser servido, y que por lo mismo nos hace olvidar otros aspectos de nuestra existencia.
Hay días en los que el mundo se me hace demasiado pequeño e insignificante. Pero hoy no. Hoy soy yo la que se siente pequeña, insignificante.
Mientras me hundo en esta silla, voy sofocando las horas, dejándolas pasar inadvertidas, como quien espera que el tiempo haga su trabajo en silencio.
Hay días en que el mundo parece reducirse a una habitación, a una pantalla, al lento avanzar de las agujas del reloj. Y una se descubre diminuta, apenas un pensamiento más entre millones, tratando de atravesar la tarde sin hacer ruido.
También podrías conservar un tono más seco y contenido:
Hay otros días en los que el mundo se me hace demasiado pequeño e insignificante.
Pero hoy no. Hoy soy yo la que me siento pequeña, insignificante.
Me hundo en esta silla, sofocando las horas para que pasen inadvertidas, como si pudiera deslizarme con ellas sin dejar rastro.
Pienso entonces en la pintura, en lo que estoy creando. Si algo me sirve pintar y hacer arte, es distraerme del mundo cuando se me hace o demasiado pesado o demasiado ligero.
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