La energía también cambia. Lo que ayer vibraba con intensidad, hoy apenas deja un eco.
Guardé el fragmento desteñido de un viejo boleto de tren a Florencia creyendo que así preservaría el instante, pero hasta el papel comienza a borrarse, y la memoria termina convirtiéndose en una más entre tantas otras que el tiempo acomoda en silencio.
Conocemos personas, creamos conexiones, compartimos una versión de nosotros mismos. Luego todo se transforma: la distancia, la edad, las experiencias, incluso aquello que parecía permanente. La energía cambia de forma, se mueve hacia otro lugar.
Y quizá no sea tragedia ni traición, sino simplemente la naturaleza de la vida: nada permanece intacto, todo se desplaza, todo muta, incluso nosotros.