He mantenido el tono observacional y narrativo, pero con una prosa más fluida y literaria:
Al parecer, habíamos estado sentadas una junto a la otra en el mismo sofá sin darnos cuenta. Fue ella quien se volteó y me saludó.
Su cabello estaba mucho más canoso. Su rostro, al principio, me pareció distinto, pero poco a poco fue adquiriendo familiaridad, como una fotografía que emerge lentamente en una bandeja de revelado.
Ah, la escritora.
De pronto la recordé. La joven escritora que conocí hace dos décadas. Leí dos de sus cuentos y le envié mis comentarios. Nunca respondió. Y eso que no la critiqué. Al contrario, fui bastante cuidadosa. Los textos me parecieron incompletos, escritos con cierta prisa, pero no se lo dije. Me limité a elogiar lo que había encontrado valioso y a animarla a seguir escribiendo y compartiendo su trabajo.
Ayer me preguntó por mi arte.
Porque así como yo la recuerdo como la escritora, ella me recuerda a mí como la artista.
Le dije que estaba bien, que seguía produciendo. Me respondió que pensaba que ya no hacía nada, que había parado. Le aclaré que sí seguía trabajando, solo que ya no publico en redes sociales con la misma frecuencia que antes. Preferí dejar la explicación ahí. No tenía por qué justificarme.
Entonces le devolví la pregunta.
—¿Y tú? ¿Cómo van los escritos?
Su reacción fue inmediata.
—¡Ah, no! —respondió con una expresión de disgusto—. Estoy muy decepcionada de la humanidad. No tolero a los políticos. No tolero a la gente. No confío en nadie.
Mi mente regresó a la última conversación que habíamos tenido años atrás. Recuerdo que entonces me relató una emergencia médica con un nivel de detalle que me pareció excesivo para el grado de confianza que teníamos.
Antes hablábamos de libros y autores. Pero un día despertó con un fervor feminista tan intenso que conversar sobre literatura se volvió complicado. Muchos de los autores que admiraba habían pasado a formar parte de una larga lista de personas que, según ella, merecían ser canceladas. Aprendí a evitar ciertos temas. No porque quisiera darle la razón, sino porque sabía que terminaríamos discutiendo, y no tenía ganas de enfurecerme.
En aquel entonces estaba decepcionada de los hombres.
Ahora la decepción parecía haberse extendido a la humanidad entera.
Me contó que había dejado de escribir. En lugar de eso, había encontrado a Dios. Ahora pertenecía a una comunidad católica en la Mission.
Comenzó a describirme un evento al que asistían. Mientras hablaba, interrumpía constantemente su propio relato para insistir en que yo debía acompañarla.
—Deberías venir.
—Te gustaría mucho.
—De verdad, deberías ir.
Seguí escuchando con paciencia. Intenté no juzgarla. Después de todo, cada persona encuentra consuelo donde puede y sigue el camino que necesita seguir.
—Cada quien toma el camino que quiere tomar —le dije.
Me levanté para despedirme.
Entonces me tomó de la mano.
—Deberías venir conmigo —insistió una vez más.
Fue en ese momento cuando me di cuenta de que estaba pasada de copas. Hasta entonces no lo había notado.
Me acerqué un poco y le respondí con firmeza, aunque con cariño.
—No, cariño. No voy a ir a ningún evento. Ya no insistas.
Le di un beso en la mejilla, le deseé buena suerte y seguí mi camino.
Mientras me alejaba pensé en cómo cambian las personas. A veces tanto, que terminan convirtiéndose en extraños que conservan, sin embargo, el mismo rostro de alguien que una vez conocimos.