Sin pegar un ojo en toda la noche, luchando contra los drásticos cambios de temperatura de mi cuerpo. Me levanté varias veces a mojarme el cuello para aliviar el calor insoportable y, apenas unos segundos después, tenía que volver a cubrirme con todas las sábanas porque sentía que me moría de frío.
Incapaz de dormir, me puse a investigar en internet qué podía hacer para aliviar estos síntomas, ya que la terapia hormonal no me ha funcionado. Descubrí que la leche de soya podría ayudar.
Así que me levanté muy temprano a comprar leche de soya y, antes de salir hacia Haight Street para encontrarme con John y jugar Magic, me preparé un smoothie.
En el camino comenzó una migraña terrible, que no hizo más que empeorar. Cuando me bajé del carro estaba completamente desorientada; por un momento no supe ni hacia qué dirección caminar. Llegué al café demasiado temprano. Mi cuerpo volvió a cambiar de temperatura, me invadió un ataque de ansiedad e intenté meditar un poco. Justo en ese momento llegó John y ya no pude continuar.
Tuve que pedirle unos minutos para recuperarme. Me di cuenta de que estaba muy intensa, alterada; sentía que no podía organizar mis pensamientos y que hablaba sin mucho sentido.
Jugamos, pero me sentí increíblemente torpe y distraída. Me dio mucha pena. Aun así, él fue muy amable y paciente conmigo. Aunque creo que hoy fui demasiado difícil de manejar, incluso para mí misma.
En un momento del juego me enseñó una técnica para organizar el caos y hacerlo menos complicado. He pensado mucho en esa idea desde que nos despedimos. Quizá no solo sirve para jugar Magic.
Hubo un momento importante durante nuestro encuentro que quiero escribir con más calma después.
Pero antes tengo que dejar registrada una curiosa coincidencia: estábamos a punto de empezar la partida cuando apareció una mujer que lee el tarot...que tambien se llama Magia.
Después de caminar un rato por Haight, llegué a casa, me serví un vaso de leche de soya y me puse a ver una película hasta que, finalmente, me quedé dormida.
Cuando desperté, el dolor de cabeza había disminuido. Y, para mi sorpresa, la leche de soya pareció ayudar a bajar la intensidad de esos bruscos cambios de temperatura que mi cuerpo ha estado experimentando.
Hoy me siento un poco más tranquila. Un poco más relajada.
Tal vez no sea la solución definitiva, pero después de tantos días sintiendo que mi propio cuerpo estaba en guerra consigo mismo, cualquier pequeño alivio se siente como una victoria.