Manejé por la carretera, sin escuchar música, tratando de no pensar en nada. De pronto, el sonido de la carretera se me hizo muy familiar. Me recordó a nuestros viajes: los viajes a Grass Valley, los viajes a Los Ángeles. A veces los dos en la carretera, pero la mayoría de las veces con compañía.
Manejé sin escuchar música, sin distraerme con pensamientos. Adelante de mí, el día se iba volviendo cada vez más rosado. La carretera extendida frente a mí… a veces da la impresión de que es la carretera la que se mueve.
Manejo, me parqueo, y luego corro por una serie de laberintos: elevadores, cuartos, recepciones, escaleras. A todos lados donde preguntaba por ti, me enviaban a otro lado. Mi primera vez en este hospital. ¡Mi primera vez en Stanford!
Un complejo arquitectónico muy futurista, con obras de arte increíbles por todos lados. Me dijeron que estabas en el edificio junto a una bola de luz. ¡Mira vos, no es casualidad!
Encontré la bola de luz. Entré al edificio. Madre mía, este hospital parece un museo de arte contemporáneo. Vaya que por algo te trajeron aquí.
He subido las escaleras de luces, porque no me gusta el elevador. Ahora, viéndolo todo desde arriba, se siente como una nave espacial. Hay un constante gemido de un aparato que le da aún más esa sensación.
Todo muy artístico y complejo, como todo lo que haces.
Encontré a tu mamá abajo. La pobre señora se mira un poco frágil y delicada; le conseguí un poco de té. Luego vi a Lydia. Ella consiguió noticias tuyas: estás en cirugía y hay que esperar. ¿Cuánto? Pues, de acuerdo al internet, casi ocho horas.
Tu mamá, Lydia y yo estamos sentadas, y cada vez que alguien que parece doctor o enfermero sale, nos alertamos. Pero resulta que nada… todavía son muy poquitas horas.
Ahorita, al parecer estás sedado. Igual te estamos haciendo oraciones, para que no te asustes y salgas de esta… para que salgas de esta.



