Estaba recordando que, hace exactamente un año, pasé exactamente por esto, solo que de forma muy diferente.
De hecho, en ese momento tomé conciencia de que, volvería a repetirse el proximo verano. Porque tome nota de que fue lo que lo hizo peor. Hubieron varios factores que lo hicieron peor. Y tome nota de todos. Me preparé, tome medidas para no dejar que me pasara otra vez. Pero este ano los factores fueron muy diferentes a los del ano pasado. Y por eso me tomaron por sorpresa!
Hagamos un recuento.
El año pasado, durante todo junio y julio, este vecindario estuvo nublado, heladísimo, con viento y un frío constante. Los días no cambiaban de color; no veía el sol. Solo eso ya era bastante deprimente.
En esa época también estaba prácticamente atada al escritorio de mi casa. Todavía no me había dado la libertad de llevarme la computadora a trabajar desde cafés en otros vecindarios, donde muchos días sí había sol.
La depresión fue mucho más intensa porque, además, mis períodos se habían vuelto una pesadilla. Estaban completamente fuera de control: dolores, cambios radicales e impredecibles en el flujo. Un día pensaba que ya se habían terminado y, al siguiente, amanecía en un charco de sangre.
Los dolores corporales, las migrañas tan intensas que no me permitían funcionar, el dolor en los huesos… y una cantidad de síntomas extraños que aparecían de la noche a la mañana. Era como si mi cuerpo hubiera dejado de obedecer cualquier lógica.
Luego vino la falta de comprensión y compasión por parte de Miguel y Lydia. Llegaron a pensar que yo estaba poniendo excusas porque se me olvidaban las tareas o porque me tardaba en entregar mi parte de los videos. La forma en que ambos me juzgaron, en medio de la intensidad emocional que yo estaba viviendo, hizo que me lo tomara muy personal. Me resentí.
Se lo conté a Juan. Él me entendió, me entendió por completo, y habló con ellos para pedirles que tuvieran un poco más de paciencia conmigo. Creo que eso no les gustó.
Desesperada por todo lo que me estaba pasando, fui al médico. Me atendió una doctora rusa, un par de años mayor que yo, que además estaba atravesando la misma etapa de la vida. Pensé: perfecto, ella sabrá cómo ayudarme.
Después de explicarme que todo se debía a la perimenopausia, que las hormonas estaban revolucionadas y que la disminución del estrógeno podía afectar incluso el funcionamiento del cerebro y las emociones, me habló de la terapia hormonal que, según ella, le había cambiado la vida. Era un parche que se cambiaba cada tres o cuatro días.
—Ya verás cómo te vas a sentir mejor. Vas a recuperar la energía.
Y, durante las primeras dos semanas, tuvo toda la razón. Me sentí fantástica.
Pero, poco a poco y casi sin darme cuenta, comenzaron a aparecer otros síntomas extraños. El parche me fue empujando lentamente hacia una depresión que estuvo a punto de destruirme.
No fui consciente de lo que estaba pasando hasta aquella reunión con Miguel y Lydia. Lydia hizo un comentario sobre mis pulseras. Era un comentario cualquiera, pero yo lo interpreté como un ataque y me puse a llorar como una niña de cinco años.
Fue entonces cuando entendí lo que llevaba semanas ocurriéndome.
Había perdido por completo la energía. No tenía ganas de pintar. Me sentía profundamente deprimida. Empecé a creer que ya no había razón para vivir.
Con S, en ese entonces, estábamos muchísimo más desconectados que ahora. Hoy, al menos, somos amigos. En aquel tiempo, solo hablábamos por necesidad. Él también se tomaba mis cambios de humor como algo personal y vivía enojado conmigo. Recuerdo una vez que hice un comentario sobre Bukele. Era prácticamente el único tema del que podíamos hablar: política. Mi comentario lo hizo estallar en un berrinche digno de un niño de cinco años.
No había nadie. Nadie. Fue un verano extremadamente obscuro. Tuve que cancelar el bookclub por un mes.
Y luego estaba mi otro Juan. Había desaparecido. Ya no lo veía llegar a las reuniones del bookclub y pensé que nunca volvería a verlo. Me puse muy triste. Incluso me culpé, pensando que quizá había sido por algo que yo había dicho.
Fue entonces cuando me hundí en la depresión más oscura.
Después de aquella reunión con Miguel y Lydia, empecé a investigar por mi cuenta los efectos secundarios de la terapia hormonal. Y ahí encontré algo que mi doctora nunca me había mencionado: en personas con antecedentes de depresión, la terapia hormonal puede, en algunos casos, empeorar los síntomas.
Busqué en Reddit y encontré a muchas mujeres hablando de la terapia hormonal. Varias advertían lo mismo:
"¡Eviten la terapia hormonal a toda costa! ¡No lo hagan!"
Muchas contaban que, después de empezarla, habían desarrollado una depresión profunda. Algunas incluso hablaban de pensamientos suicidas.
Cuando leí esos testimonios, muchas piezas empezaron a encajar. No era simplemente que yo estuviera "más sensible". Había algo mucho más profundo ocurriendo en mi cuerpo y en mi cerebro.
Ese mismo día tomé la decisión de dejar la terapia hormonal. Agarré todas las cajas y las tiré a la basura.
Nunca más.
Mientras tanto, Miguel y Lydia seguían juzgándome con dureza. Les escribí un correo explicando pero creo que nunca llegaron a entenderlo.
Entonces decidí buscar otras maneras de atravesar este proceso.
Me hice un plan: uno para el trabajo y otro para el arte. Organicé un horario, establecí fechas límite y traté de darle estructura a mis días. Poco a poco empecé a salir de la oscuridad.
Reapareció el otro Juan, y eso me alegró el corazón. Era como si el sol hubiera vuelto a salir. Empecé a sentirme viva otra vez. Volví a cantar; incluso me puse a practicar. Terminé cantando en la fiesta de Dimitri frente a todo el mundo, y eso animó a otros a cantar también.
Terminé mi pintura al óleo de la señora. Hice muchísimas cosas.
También empecé a escribirme con el otro Juan. Fue increíble intercambiar ideas, historias y teorías con él. Qué hombre más bello. Sin darme cuenta, empecé a construir en mi cabeza la fantasía de un nuevo enamorado. Me devolvió la inspiración. Me devolvió las ganas de crear.
Y entonces llegó otro golpe.
El primer Juan se rompe.
Fue como si una parte de él hubiera intuido algo.
Antes de eso había pasado lo de la historia corta.
Recuerdo haber sentido que Juan estaba un poco celoso porque yo estaba tan entusiasmada con el cuento del otro Juan. Lo había leído antes que el suyo, y no pude evitar compartir mi emoción.
Creo que por eso, cuando murió don Ricardo, en lugar de llamarme por teléfono, me escribió un correo.
Cuando finalmente hablamos, me regañó por haber expuesto al otro Juan de esa manera, frente a todo el grupo. Me dijo que había sido imprudente. Que bastaba con que una sola persona no conectara con la historia para desmoralizarlo por completo. Era un escritor nuevo, me explicó, todavía sin la experiencia para lidiar con la crítica.
Y tenía razón. Claro que la tenía.
Ya había visto algo parecido antes. Había un chico que pintaba unos abstractos hermosísimos. Cuando Ron me comentó que estaba buscando un artista nuevo para su galería, se lo recomendé. Pero, cuando vio su trabajo, le dijo que lo que pintaba era una mierda.
El muchacho nunca volvió a pintar.
Así que sí, Juan tenía razón en llamarme la atención. Yo no había pensado en la vulnerabilidad del otro Juan ni en el peso que podía tener una crítica pública para alguien que apenas empezaba.
Pero también sentí que, detrás de ese regaño, había algo más. Como si hubiera aprovechado ese momento para expresar un enojo que venía de otro lado. En ese entonces lo interpreté como una sensación de traición: no solo como escritor, sino también como alguien que, de alguna manera, había sido mi musa.
Pensé en escribirle al otro Juan para disculparme por mi imprudencia. Pero luego recordé que a él nunca le había importado demasiado la opinión de los demás. Si gustaba o no lo que escribía, parecía darle igual. Eso siempre me había parecido auténtico, honesto.
De hecho, creo que fue una de las cosas que me hizo enamorarme de él.
Lo deseaba con una intensidad que me sorprendía. Todas las noches me dormía imaginando encuentros apasionados con él. Me sentía un poco adolescente otra vez, como si esa parte de mí, que llevaba tanto tiempo dormida, hubiera despertado de golpe.
Me moría de ganas de verlo, de tenerlo, de besarlo. Quería inventar cualquier excusa para acercarme, pero no sabía cuál. Además, no quería ser impulsiva ni imprudente.
Y entonces, boom. Al primer Juan se le rompe la aorta.
De un momento a otro tuve que abandonarlo todo. Todo. Y volver a encontrarme con ell y su esposa y con su mamá. Estar a su lado, prácticamente las veinticuatro horas del día.
El reencuentro con su mamá fue muy revelador. Me mostró algo de ella y algo de mí. Sacó a la luz una dinámica que existía desde el pasado y de la que nunca había sido consciente. Siento que ella es la mamá que yo hubiera querido tener.
Antes de conocer a mi madre biológica, siempre imaginé que sería una mujer artista, apasionada por las letras, como yo. En cambio, encontré a una señora bastante ordinaria, profundamente religiosa y, para colmo, interesada en que dinero le podía yo dar.
Martivón, escritora, pintora y salvadoreña; mi suegra, la mamá de Juan, terminó convirtiéndose también en una especie de madre para mí. Tal vez por eso me resultaba tan natural cuidarla, atenderla y hacer todo lo que hice por ella.
Creo que esa parte de mí le gusta. A veces se abre conmigo y me devuelve ese cariño. Pero, la mayoría de las veces, siento que lo utiliza para servirse de mí, para humillarme y para recordarme que no pertenezco a su clase social.
En eso tuve todo el apoyo de Lydia. Si no hubiera sido porque ella y yo hablamos de lo que estaba pasando, probablemente no habría continuado yendo al hospital.
Lo interesante de todo era que, por un lado, estaba profundamente preocupada por la salud de Juan y por todo lo que estaba viviendo. Y, por el otro, seguía fantaseando con el otro Juan.
Lydia y yo empezamos a acercarnos de una manera distinta. Nuestras conversaciones dejaron de girar únicamente alrededor de los videos y del trabajo. Empezamos a hablar de otras cosas, he hicimos muchas cosas juntas para ayudarnos la una a la otra en momentos de crisis.
Para todo el personal del hospital, yo era la hermana biológica de Juan. En ese momento, resultaba muy cómodo, casi perfecto, que la "hermana" estuviera siempre presente. Era conveniente tanto para su esposa como para su mamá. La presencia de la hermana de Juan facilitaba muchas cosas.
Pero, una vez que Juan salió del hospital y regresó a la casa, sentí que esa misma presencia dejó de ser conveniente. Ya no era tan cómodo tener a la "hermana" cerca. Me pareció que, de pronto, mi cercanía se había vuelto un problema.
Lydia comenzó a comportarse de una manera distinta. Hacía comentarios que me desconcertaban. La señora también.
Mientras tanto, Juan parecía estar en el paraíso. Tenía a su mamá, a su esposa y a mí —la misma de antes de la que siempre decía haber estado enamorado— a su lado. Lo cuidábamos, veíamos películas, platicábamos durante horas. Todo parecía estar bien.
Pero, poco a poco, la realidad empezó a imponerse. La tensión entre Lydia y yo se hizo evidente. El ambiente comenzó a sentirse extraño.
Regresé a San Francisco.
Aun así, seguimos trabajando en el video y continuamos reuniéndonos los domingos. Ya no éramos tan cercanas como antes, pero ambas hacíamos el esfuerzo por mantener una buena relación.
Fue entonces cuando comenzaron los cambios repentinos de temperatura en mi cuerpo.
Una noche desperté empapada en sudor y, apenas una hora después, estaba temblando de frío. Pase toda una semana, con ataques de cambios de temperatura extremos. Del calor al frio, del frio al calor. Noches sin dormir, ansiedad, migraña, cambios de mood, destruyo la pintura que pinte. No tengo ningún control sobre mi cuerpo.
Les he explicado que por el momento, no puedo continuar Trabajando con ellos. Dijeron que lo entendian, pero no hubo ni una llamada ni nada. Entonces se siente todo muy raro.
Todo parece repertirse, porque justo hace un ano, me sentia igual de sola.
Pero hoy precisamente pensaba como el universo me ha enviado lo suficiente para poder sobrepasar estos cambios de mi cuerpo.
Primero, encontrar a las Hienas y hacerme amigas de un par de ellas, y pasar platicando y riendonos online por un rato. Somos casi todas de la misma edad, asi que nos compartimos experiencias.
Luego, gracias a la tecnologia, he resuelto el problema de los cambios de temperatura en la noche.
Un aparato que tira aire directamente en mi cuerpo debajo de la sabana, y que puedo controlar facilmente con un control automatico. Que rico he dormido anoche!
Luego un Coolify - un aparato que me pongo en el cuello para que me tire aire helado en el cuello. Perfecto! Lo use hoy todo el dia!
No tube ningun ataque de hot-flashes, ni de ansiedad. El aire helado directamente en mi cuello, las detiene super rapido! Trabaje, dibuje, escribi, fui al gimnasio!! Que eficaz fue para el gimansio hoy!
A veces me quejo del trabajo y que no soy artista, pero dudo que siendo artista hubiera logrado comprarme esos aparato. Que ha sido un gasto! Pero igual es mi auto-regalo de pre cumpleanos.
.siempre algo ocurre exactamente los meses antes de mi cumpleanos.
Hoy me he sentido de maravilla. Controlada la temperatura de mi cuerpo, puedo entonces controlar un poco mas la ansiedad. Y he podido concentrarme en muchas cosas.