Caminamos por un bosque , digamos el Golden Gate Park- y casi de inmediato, en el momento en que nos sumergimos bajo los árboles, algo en nosotros se aquieta. Nos sentimos bien. Es una experiencia que todos buscamos: estar entre árboles, frente al mar, escalar montañas. Hay algo ahí que nos atrae profundamente.
Pienso que es porque a la naturaleza no le exigimos nada. No le pedimos orden ni esperamos que se comporte de cierta manera. Puede haber hojas marchitas, árboles secos, terrenos áridos, ríos cubiertos de moho, y aun así no nos perturba. No nos molesta. A la naturaleza la aceptamos tal como es, la dejamos actuar libremente, sin condiciones.
Entre nosotros, los humanos, no ocurre lo mismo. No logramos estar en paz porque vivimos exigiendo, esperando ciertos comportamientos, midiendo constantemente. Hemos aprendido a ver la fealdad en nosotros mismos y en los otros: la vejez se vuelve fea, la imperfección se vuelve motivo de juicio. Todo el tiempo estamos evaluando.
De alguna manera, ya ni siquiera nos miramos con honestidad. Nos volvimos paranoicos: nos escondemos, mentimos, sentimos vergüenza cuando alguna parte de nuestra supuesta fealdad física, la que nos hace inseguros, queda expuesta. Nos arreglamos y nos corregimos para encajar, para mantener una falsa armonía entre nosotros. Es exactamente lo contrario de lo que le concedemos a la naturaleza.
Amamos la naturaleza porque no obedece reglas: es libre, impredecible, espontánea, se multiplica y no se repite. Para nosotros, en cambio, ser puro y libre es una condena.