La señora sufre de un romanticismo egocentrista con su historia como salvadoreña.
La señora que creció en la élite social, elegante y adinerada, que viajaba en Mercedes-Benz y se consideraba muy rebelde por leer a Roque Dalton y a Marx; esa misma señora tenía empleadas domésticas con uniforme, motoristas y jardineros, a quienes no se les permitía entrar por la puerta principal, sino por el área de servicio. No podían sentarse en los mismos sillones que ella, ni usar los mismos utensilios, ni bañarse en la piscina.
Esa misma señora es la que hoy ha escrito un libro para contar su experiencia de mártir durante la guerra, cómo ayudó y colaboró con la guerrilla usando sus conexiones y sus múltiples casas, proclamando que era del pueblo y que luchaba por el pueblo, por los pobres y los reprimidos.
Cuánta hipocresía.
Ya me sé la historia, señora. Me la sé de la A a la Z. Me la ha contado a mí y delante de mí. Nunca ha perdido la oportunidad de recordarle al mundo el héroe que usted fue, cómo la encarcelaron y cómo la exiliaron.
Oh, qué divino es ser intelectual, poeta, artista y exiliado. Qué romántico, ser como Roque Dalton.
No niego que haya sufrido, claro que sí. Pero todos en El Salvador sufrimos. La única diferencia es que usted cree que, por ser de élite, su historia vale más que la de los demás. Nunca quiso, por ejemplo, conocer cuál fue mi experiencia, y tuvo muchas oportunidades.
Lo que sucede es que su historia es, sobre todo, una historia para usted misma, para que usted se la crea. Usted es la heroína de su propia película. Y no es la única. Mucha gente aprovecha esas oportunidades para lucirse y quedar como ángeles. Pero siguen siendo elitistas, siguen discriminando a los pobres, siguen siendo racistas y mezquinos, aunque quieran ser vistos como héroes.
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