Bella me da los buenos días con lamidas y mordiscos. No me enoja, aunque algunas de sus mordidas sí que duelen.
Hoy se me tiró encima como una bestia hambrienta. Me mordió la nariz, el labio, la oreja… hasta que finalmente se quedó dormida encima de mí. Cómo me hubiera gustado quedarme más tiempo así, sintiendo el calor de su cuerpo y el palpitar de su corazón.
Pero, lamentablemente, nos teníamos que levantar.
Desde que tengo a Bella, han pasado dos cosas.
La primera es que, cuando me despierta en la mañana, me obliga a no pensar.
La segunda es que, durante el día, me hace compañía y no me siento sola para nada.
Al contrario, siento que estoy descubriendo el universo junto a ella.
Ahora incluso los días nublados me parecen lindos, llenos de paz. Y cuando sale el sol y aparecen los colibríes entre las flores, y las mariposas, observo cómo ella los mira con cuidado… y yo los observo igual, a través de sus ojos.
Lydia me dijo que tener un perro es tener un amigo, un compañero seguro. Que un perro es mejor que tener un hijo. Los hijos crecen, cambian y se van; en cambio, un perro siempre conserva ese espíritu juguetón y ese cariño incondicional.
Quizás eso es lo que Bella me está enseñando: a estar aquí.

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