Todo ser humano contiene, al mismo tiempo, tres versiones de sí mismo: un niño, un adulto y un anciano.
Puedo mirar a un niño e imaginar el adulto en el que algún día se convertirá.
Puedo mirar a un adulto y entrever el anciano que llegará a ser.
Y también puedo mirar a un adulto o a un anciano e intentar descubrir al niño que alguna vez fueron.
Ese niño no desapareció; simplemente quedó cubierto por los años, las responsabilidades, las heridas, las alegrías y las experiencias.
Hay algo que siempre me llama la atención: como sociedad nos empeñamos en proteger a los niños.
Cuando un niño es maltratado, humillado o juzgado injustamente, sentimos el impulso de defenderlo. Comprendemos que apenas está comenzando a conocer el mundo. Sabemos que no tiene todas las respuestas. Sus errores nos enternecen. Cuando pronuncia mal una palabra, derrama un vaso de leche o hace una pregunta ingenua, sonreímos. No esperamos perfección de un niño; esperamos aprendizaje.
Pero algo cambia cuando crecemos.
Parece que, al cruzar el umbral de la adultez, perdemos el derecho a no saber. Dejamos de recibir paciencia y empezamos a recibir exigencias. Ya no celebramos el proceso de aprender; esperamos resultados. Comenzamos a juzgar con dureza los errores de los demás y, sobre todo, los nuestros.
Sin embargo, ¿qué cambia realmente?
Sí, acumulamos años. Vivimos más experiencias. Aprendemos algunas lecciones. Pero el conocimiento humano siempre será limitado. A cualquier edad seguimos encontrándonos por primera vez con situaciones que nunca antes habíamos vivido.
Nadie nace sabiendo ser pareja, padre, madre, amigo, jefe, empleado, enfermo, cuidador o anciano. Cada etapa de la vida exige un aprendizaje nuevo.
Quizá un adulto no sea más que un niño con más recuerdos.
Y quizá un anciano sea un adulto que sigue aprendiendo, aunque el mundo suponga que ya debería saberlo todo.
Cada persona está en un punto distinto de su aprendizaje. Algunos apenas están aprendiendo a amar. Otros están aprendiendo a poner límites. Hay quienes están aprendiendo a perdonar, a perder, a aceptar un diagnóstico, a convivir con la soledad, a criar un hijo o simplemente a conocerse a sí mismos.
Entonces me pregunto: si somos capaces de ofrecer tanta compasión a un niño porque entendemos que está aprendiendo, ¿por qué dejamos de ofrecer esa misma compasión a los adultos?
Tal vez todos necesitamos ser vistos con la misma paciencia con la que se mira a un niño dando sus primeros pasos. No porque seamos infantiles, sino porque la vida nunca deja de enseñarnos.
Nadie ha tenido antes la edad que tiene hoy; todos estamos aprendiendo a vivirla por primera vez.
No comments:
Post a Comment